De esclava a Santa: la historia de Josefina Bakhita

por Feb 8, 2017Blog, Nuestras historias0 Comentarios

Josephine Bakhita

Secuestrada a los nueve años, vendida como esclava y llevada a la ciudad de El Obeid, en Sudán, su espalda fue el lienzo donde quedaron plasmados la humillación y maltrato: más de 100 incisiones que fueron cubiertas con sal le dejaron cicatrices perennes y una memoria muy triste de sus primeros años de vida.

Bakhita, que en su dialecto equivale a Fortunata, no es el nombre que recibió de sus padres, sino el impuesto por sus raptores. Tras los dolorosos años de infancia, nunca logró recordar su verdadero nombre ni su lugar de origen. Se sabe que nació en 1869 en la región de Darfur, en Sudán, y que formaba parte de la tribu Nubia, en la que vivía junto a sus padres, tres hermanos y dos hermanas –una de ellas su gemela- secuestrada a los siete años, también por tratantes de esclavos.

Con 13 años de edad, y tras haber intentado escapar de su cuarto verdugo en varias ocasiones, la joven fue puesta a la venta una vez más. Ésta fue su quinta y última colocación. Afortunadamente, el comprador fue un comerciante italiano que también era agente consular: Calixto Legnani. Con él como amo, por primera vez, las órdenes a Bakhita no venían acompañadas de la fusta y, para su sorpresa, el trato que recibía era humanitario, afable y cordial.

En 1884, las circunstancias políticas hicieron que los europeos tuvieran que salir de la región y Legnani volvió a Italia. Bakhita consiguió viajar con él y con un amigo del Cónsul, llamado Augusto Michieli. Al llegar a Génova, la esposa de Micheli consiguió que Bakhita se quedase a su servicio y, un par de años después, cuando nació Mimmina, hija del matrimonio, Bakhita se convirtió en su niñera y amiga.

Años más tarde, Bakhita regresó con la familia de Michieli a Sudán, en donde habían comprado un gran hotel cerca del Mar Rojo. Luego volvieron a Italia, país en el que comenzó –sin saberlo- su camino hacia la santidad: Turina, la esposa de Michieli, decidió confiar su hija a las Monjas Canosianas del Instituto de los Catecúmenos de Venecia y que Bakhita permaneciese con ella como su nodriza.

Fue en el Instituto que Bakhita descubrió a Dios y pudo dar nombre a lo que desde niña sentía en su corazón. En sus memorias escribió: “viendo el sol, la luna y las estrellas, decía dentro de mí: ¿Quién será el Dueño de estas bellas cosas? Y sentía grandes deseos de verle, de conocerle y de rendirle homenaje”.

Bakhita supo entonces que Dios había permanecido con ella y le había dado fuerzas para soportar la esclavitud. Después de algunos meses de catecumenado, y tras haber obtenido la libertad según la ley italiana, el 9 de enero de 1890 Bakhita fue bautizada con el nombre cristiano de Josefina Margarita Afortunada.

En esa misma fecha fue confirmada e hizo la primera comunión. Sus grandes ojos brillaban revelando una intensa conmoción. Desde entonces, se le vio besar frecuentemente la fuente bautismal y decir: ¡Aquí me hice hija de Dios!

Josefina permaneció en el Instituto y a los 38 años de edad -durante el día de la Inmaculada Concepción- se consagró para siempre a su Dios al que ella llamaba con dulce expresión: “mi Patrón”. “Pronunciad los santos votos sin temor. Jesús os quiere, Jesús os ama. Ámelo y sírvalo así”, le dijo el cardenal José Sarto, a la sazón Patriarca de Venecia, futuro papa san Pío X, cuando ella profesó.

En 1902 fue trasladada a Venecia, y durante más de cincuenta años dio ejemplo de amor a Dios y servicio a los demás, participando en diversas obras educativas y de caridad, limpiando, cocinando y cuidando a los más pobres con una fe firme en su interior y un cumplimiento alegre de sus obligaciones. Su humildad y sencillez le conquistaron el afecto de todo Schio, donde se la conocía -y aún se la recuerda- como la nostra Madre Moretta.

Un par de años más tarde le pidieron escribir su autobiografía, la cual fue publicada en 1930. Así obtuvo visibilidad y se convirtió en un personaje que viajó por Italia impartiendo conferencias y recolectando dinero para la congregación.
Luego, llegó la vejez; su salud se debilitó con una enfermedad larga y dolorosa que la postró en una silla de ruedas. A pesar de sus limitaciones, continuó viajando y dando testimonio de fe, bondad y esperanza. A quienes le preguntaban cómo estaba, respondía sonriendo: “Como quiere mi Patrón”.

Fue María Santísima quien la liberó de toda pena. Murió el 8 de febrero de 1947 y sus últimas palabras fueron «¡Madonna! ¡Madonna!».

Su fama de santidad se difundió rápidamente. No se le conocían milagros ni fenómenos sobrenaturales, pero la heroicidad de sus virtudes la llevaron a ser declarada venerable el 1 de diciembre de 1978.

En 1991, Juan Pablo II declaró la autenticidad de un milagro atribuido a su intercesión y fue beatificada el 17 de mayo de 1992 y, posteriormente canonizada, durante la celebración del Gran Jubileo del Año Santo 2000.

Su mensaje de perdón y misericordia sigue vigente en este mundo lacerado por el odio y la violencia. Bakhita nos deja un testamento de perdón y misericordia:

«Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos».

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