Una vida para Dios y un Corazón para los Demás, Reflexión

por Ene 30, 2017¿Qué hacemos?, Blog, Reflexiones0 Comentarios

Miles de hombres y mujeres, formados en las aulas de nuestra congregación, están haciendo hoy el bien. Cientos de mujeres atendidas por nuestras hermanas han roto la cadena de transmisión del Sida o se han empoderado por el bien de ellas mismas y sus familias. Moribundos y enfermos han sido consolados por sus manos, mientras los niños han descubierto en su voz el valor de la esperanza.

Estos son sólo algunos ejemplos de la invaluable labor de nuestras Hermanas en el mundo, trabajo que se refleja en el eslogan de nuestra congregación: “Una vida para Dios y un corazón para los demás”. Ellas encarnan la presencia salvadora y sanadora de Jesucristo en la tierra, haciendo tangibles su amor y su misericordia.

Nuestras Hermanas son elegidas, y siguiendo el llamado particular que Dios hace a cada uno de sus hijos, deciden ofrecer sus vidas al Señor y destinar su tiempo a ayudar a los demás, utilizando con amor sus dones y talentos. Con presencia en Chile, Colombia, Estados Unidos, Irlanda, México, Perú, Tanzania y Zambia, su labor es generosa y contribuye a construir una morada de Dios en la tierra.

Las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado mejoran el mundo mediante programas educativos que van desde preescolar hasta universidad; a través del amplio sistema de salud que incluye hospicios, clínicas comunitarias y hospitales; y en los programas especializados en el desarrollo pleno de infantes, de atención a migrantes, ancianos y otras poblaciones vulnerables.

Algunas hermanas dedican su vida a fortalecer el desarrollo de la fe, promover el cuidado del planeta y empoderar a las personas (especialmente a mujeres y niños), mientras otras se arriesgan a combatir la trata de personas y denunciar los sistemas económicos y sociales que la propician, reafirmando la importancia de trabajar por la dignidad y los derechos humanos.

Sería imposible mencionar en este breve espacio todas las actividades que realizan y los avances que han logrado. Baste reconocer que su vocación de oración y servicio las lleva a convertirse en consuelo del afligido, aliento del desahuciado y ejemplo del aprendiz. Si su salud lo permite, suelen permanecer en sus Ministerios hasta el fin, compartiendo las alegrías, ilusiones, tristezas y las angustias de los hombres, mujeres y niños de hoy.

Su andar, de la mano de Jesús, es el testimonio de entrega más bello, más generoso y más comprometido que podemos encontrar.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *