Recuerdos: Ministerio con Migrantes de América Central en El Paso, Texas

por Nov 28, 2018Blog, Promoción Social0 Comentarios

No hay palabras para describir lo que es un albergue. Solo cuando uno es testigo del apoyo que se ofrece a tantas personas, puede uno valorar y apreciar lo que es un albergue en toda su magnitud. Recientemente, fue una bendición para nosotras ser parte de la solidaridad que se muestra a los migrantes en el Alberque Saint Charles en el Paso, Texas, y ver como atrae, como un imán, a otras personas e instituciones que se unen a la causa. Llegamos al alberque el lunes 4 de noviembre de 2018. El personal nos acompañó a visitar las instalaciones y nos explicaron las políticas y los procedimientos diarios.

El Albergue Saint Charles trabaja con un equipo de voluntarios; la mayoría son mujeres de 50 años o más que prestan a los migrantes servicios relacionados con alimentación, hospedaje, lavandería y conexiones telefónicas con sus familiares o con quienes van a recibirlos. También ofrecen servicios de transporte a las terminales de autobuses o al aeropuerto. Diez voluntarios de tiempo completo viven en el albergue.

La capacidad máxima del alberque es para 100 personas. Cada día llegan de treinta a cuarenta migrantes; en ocasiones esta cifra llega a sesenta o setenta. Vienen de Honduras, San Salvador, Guatemala y Brasil y se quedan en el albergue durante dos o tres días.

Las voluntarias preparan y sirven el desayuno. Diferentes grupos de las parroquias en El Paso y lugares cercanos preparan la comida y la cena. Las toallas y las sábanas que usan los migrantes se lavan todos los días; las cobijas se desinfectan con aerosol.

Todos los días, un autobús transporta grupos de migrantes de los Centros de Detención para Migrantes a los ocho diferentes albergues en El Paso. La mayoría permanecen detenidos en estos centros de cuatro a quince días, donde solo reciben una comida al día y solo pueden bañarse una vez durante el tiempo que están detenidos. La temperatura en los Centros de Detención se mantiene baja, de modo que cuando los migrantes llegan al albergue están agotados y la mayoría de los niños están resfriados. La mayoría de los migrantes viajan con uno o dos niños, y algunos traen bebés.

Muchos de ellos sufren de diversas formas de estrés. Una tarde, una mujer que viajaba sola con su hijo de cinco años, se desmayó mientras esperaba su turno para bañarse. El niño estaba muy asustado y estaba llorando. Temía que su mamá pudiera morir. Esos minutos nos parecieron horas, hasta que la madre del niño, una mujer de 24 años, se recuperó.

Cuando los migrantes llegan al albergue, les damos la bienvenida y después se registran y se ponen en contacto por teléfono con las personas que van a recibirlos en este país. Hacen llamadas a lugares de todo el país: Nueva Jersey, Maryland, Maine, Nueva York, Massachusetts, Virginia, Carolina del Norte, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Indiana, Missouri, Kansas, California, Luisiana, Georgia, Florida, Texas y Nuevo México. Y como no tienen dinero, tienen que pedirles a sus contactos que paguen sus boletos para el viaje. Siempre tienen hambre al llegar. Es conmovedor ver cómo los bebés “devoran” la comida. Si les cae un trocito de comida, lo levantan con sus manitas y se lo llevan a la boca. A veces los trozos de comida son tan pequeños que podrían considerarse migajas. Es difícil contener las lágrimas cuando vemos esto. Los bebés no son los únicos que hacen esto; los niños y los adultos también lo hacen. Después de la cena, el ambiente cambia y todos empiezan a sentir los efectos de la cálida bienvenida y la hospitalidad que han recibido.

Antes de salir del albergue, les damos a los migrantes ropa adecuada para los lugares a los que irán. También les damos una mochila para que la usen durante su viaje y que contiene artículos para la higiene personal, una toalla, una cobija y una almohada.

¿Pero por qué vienen aquí?

La mayoría están escapando de condiciones de pobreza extrema y de la violencia del crimen organizado que está aumentando en América Central. Ayer, llegó una pareja guatemalteca con tres niños. Tuvieron que huir porque dos hombres armados y encapuchados les exigían una cuota por el pequeño negocio que tenían allá. Como no recibieron el pago, le dispararon al hombre a quemarropa en seis ocasiones y lo dejaron pensando que estaba muerto. Por fortuna sobrevivió. Todavía tiene las heridas de los seis balazos alrededor de la cintura y el corazón. Una de las balas le fracturó un hueso del brazo y ahora tiene un soporte de metal con seis tornillos. Por la gracia de Dios sigue vivo.

Ayer recibimos a tres niñitas con la cabeza llena de piojos. Tenían miedo y estaban llorando. Gracias a Dios teníamos un botiquín excelente y pudimos darles el primer tratamiento. Corrió la voz de que yo era excelente para tratar este problema y me dijeron que si otras personas necesitaban atención ¡les dirían que vinieran a verme!

Algunos de los migrantes sufren resfriados graves y otros males. Ayer llegaron al albergue un niño y una niña con varicela. Un médico que visita el albergue todos los días al salir de su trabajo, de inmediato tomó las precauciones necesarias. Las madres se encargan de los niños más pequeños y de los que están enfermos.

Los niños son una lección viviente de resistencia. Llegan agotados, tristes y nerviosos, ¡pero al día siguiente están afuera jugando fútbol y están felices! Normalmente sus padres se les unen.

Nuestra experiencia en el albergue fue muy difícil debido al sufrimiento y las luchas de los migrantes. Casi todos llegaban sin dignidad a causa de las condiciones aterradoras de su viaje desde América Central o por el tiempo que pasaron en el Centro de Detención. Pero nos llenaba de alegría ver cómo habían recuperado la dignidad cuando salían del albergue. El servicio que se ofrece en el albergue es sencillamente ayuda humanitaria. También disfrutamos el haber estado con el equipo de trabajo y con la gran cantidad de voluntarios. Los donativos (ropa, alimentos, tiempo) de tantas personas también nos hicieron sentir ESPERANZA, esperanza en la buena voluntad de muchas personas, esperanza de que otro mundo es posible.

Después de una semana de trabajo en el albergue, necesitábamos una pausa para recuperar fuerzas.

 

Por las Hermanas Bertha Elena Flores y Cecilia Zavala.

 

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