Gratitud por lo bueno

por Dic 14, 2017Blog, Nuestras historias0 Comentarios

Es difícil centrarme en la oración cuando tengo en mi mente los temas que abordaré en mis trabajos finales. Durante todo el semestre mi cabeza ha estado dando vueltas en torno a diferentes ideas, pero siempre hay las que vuelven al corazón. Indicación de que realmente me mueven y que requieren atención de mi parte.

En estos meses me ha golpeado especialmente la realidad de la opresión y marginación a las mujeres, tantos feminicidios! La violencia que no para y la discriminación. Siete mujeres son asesinadas en México cada día.

¿Cómo enfocar todo esto, desde mi opción de vida como Hermana, con la recurrente invitación a estar en donde más se me necesita?

La llamada de Jesús necesita ser escuchada y hecha vida. Estar entre quienes más sufren, entre quienes menos tienen, entre quienes menos importan en un mundo de estructuras injustas y desiguales. El Evangelio esta mañana me muestra a Jesús curando a un hombre a quien nadie más atendería por ser un sábado. Jesús, como siempre, desafiando al sistema lo cura y pregunta «Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su hijo o su buey, ¿acaso no lo saca en seguida, aunque sea sábado?” (Lc, 14,5)

Sigo intentando orar contemplando la escena y mis trabajos y la realidad regresan a mí. Y con ellos, la tentación de la angustia, de sentirme abrumada por todas aquellas situaciones de dolor tan profundo que experimenta nuestro mundo el día de hoy. Es muy difícil resistirla y siento que vienen, una vez más, las lágrimas a mis ojos al mirar esas realidades, pero las detengo. Y el sentimiento se complica cuando tengo que reconocer que las miro desde un lugar tan lejano. Me cuestiono una vez más cómo puedo escribir sobre realidades que al ser “estudiante de tiempo completo” se sienten tan lejanas a mí. No estoy involucrada en ellas, no estoy trabajando por aliviarlas, no estoy en un lugar de periferia. Y me confundo nuevamente y me quedo en este dolor un momento.

Poco a poco vuelvo a la acción de Jesús que toca y cura y reafirmo que nuestra llamada como Vida Religiosa es a estar en ese lugar, entre quien más sufre y menos tiene. Y lo hacemos. De muchas diferentes maneras y con mucha creatividad y energía. Nos falta mucho, tenemos muchas incongruencias, no somos totalmente lo que decimos o soñamos ser, pero estamos en camino… y quizá siempre seguiremos “en camino” y no logremos vivir el ideal. Pero ese ideal es el que nos mueve. Esto me da un poco de consuelo.

Pero el momento en el que encuentro la paz nuevamente es cuando escucho en mi corazón “la vida religiosa no puede, ella sola, cargar con todo el sufrimiento del mundo” y agradezco el recordatorio, porque además de ser un pensamiento absurdo, sería arrogante y soberbio pensar que esto nos corresponde únicamente a nosotras. Y entonces la alegría es palpable cuando vienen a mí tantos rostros y nombres de gente maravillosa, de esas personas a quienes nos da por llamar laicos y laicas, que están verdaderamente luchando por hacer de este, un mundo diferente. Entregándose desde el corazón en maneras tan creativas y eficientes que los resultados son tangibles. Son muchos y muchas quienes luchan contra la injusticia y desean transformar las estructuras.

Por eso hoy me llena de felicidad saber que vivo en un mundo en que la apertura a la colaboración, al menos en la fracción de la cual decido ser parte, es grande y crece cada día más. Muchas personas hemos entendido que individualmente (como persona o como grupo) no se logra nada. Porque sí, Jesús curó a un hombre en sábado. Pero la invitación a confrontar el sistema era para toda persona que se abriera a escucharla y a hacerla vida. Me quedo con la alegría provocada por saber que estoy rodeada de gente que sí quiere escucharla y con la esperanza profunda de seguir construyendo redes y conectando. Sí, dentro de la Vida Religiosa, pero mucho más allá de ésta también.

Sí, nuestra realidad es tremenda y provoca mucho dolor y mucha angustia. Sigamos canalizando toda esta impotencia para contrarrestarla desde donde nos toca. A mí en este momento me toca, desde mi ministerio como “estudiante de tiempo completo,” prepararme intelectual y espiritualmente. Mi oración y deseo más profundo es que cuando vuelva mi tiempo de tener un ministerio pastoral siga escuchando la llamada y tenga la capacidad, el valor y el amor necesario para verdaderamente ir a un lugar de periferia. Ahí en donde más frecuentemente se le encontraba a Jesús.

Ahí en donde hay muchas, muchísimas, personas actuando a quienes hoy extiendo mi gratitud en este tiempo que nos invita a agradecer por tanto bien recibido.

Escrito por la Hermana Adriana Calzada, CCVI.


Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Giving Voice aquí.

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